Una neblina se dispersa. Un amanecer húmedo, invernal, da una fresca bienvenida. A lo lejos, la bola de fuego se despierta con un tono pálido. Sus rayos empiezan a calentar con timidez.
Desde su pequeña madriguera observa a su alrededor, ya es hora de salir; en realidad hace ya mucho que era hora de salir.
Pero, es que flota un olor extraño; y aún no ha visto a los simios sin pelo, y a esas horas siempre están por todas partes. No puede esperar más, debe salir y comer. Otea hacia un lado y hacia el otro, y sale. Sus patas se mueven rápidas, llevándole a cobijo, siempre escondiéndose de los simios pelados y los cazadores que maúllan. Pasa bajo una planta, bajo una piedra que echa agua, bajo un arbusto. Y espera….
Y por fin ve a uno de ellos. Está tumbado sobre la hierba, ¿quizá durmiendo?…, se acerca, pero se queda paralizado cuando los ojos del simio le miran. No se mueve, y el simio tampoco. Camina unos pocos pasos, pero los ojos del simio no se mueven. Su hocico se encuentra manchado de sangre, ¿habrá asesinado esa misma noche?.
¿O quizá?…, sí, esa sangre es suya. El simio pelado está muerto. Y ese olor…, sigue corriendo, su nariz capta cientos de olores, pero su oído no capta casi sonidos. Sólo los que vuelan, y algunos compañeros, correteando a escasa distancia.
Cuando llega al río seco de aguas grises espera, pero los gigantes brillantes están dormidos. Y allí observa más simios tumbados, todos quietos, muertos. Sigue corriendo, asustado, no le gustan los cambios.
Allí, en medio de un río seco se encuentra con un compañero, “UnOjo”, que se detiene frente a él.
- ¿Todos muertos? – Le pregunta, mientras no puede evitar mirar hacia todas partes.
- Eso parece – Contesta UnOjo, y pestañea.
- ¿Y ahora? – Vuelve a preguntarle
- Tengo hambre. A buscar comida.
Y se separan. UnOjo se mueve con confianza entre los simios muertos. Olfatea el aire, y decide seguirle. Al llegar a una reserva de comida, amontonada sobre la superficie seca de ese río come unos restos de maíz. Un cazador que maúlla se mueve a lo lejos, así que coge unas reservas y se va tan rápido como ha llegado hasta allí. No le gustan los simios muertos, su olor es extraño. Corre entre sus gigantescos cuerpos, evitando acercarse, hasta que llega al primer arbusto. Cuando siente la hierba bajo sus pies comienza a correr más rápido. Sus oídos no captan los sonidos estridentes de los simios ni los rugidos de los gigantes brillantes.
Por fin llega a su madriguera, da de comer a sus retoños, y espera, con inquietud, a que llegue la noche.
Y tras la noche llega de nuevo el día. No ha vuelto a escuchar a los simios pelados. Y el olor prosigue. Vuelve a salir, coge la comida y regresa al cobijo de su madriguera.
De nuevo la noche y de nuevo el amanecer. Se asoma y espera. Olfatea el aire, el olor continúa. Sigue sin ver ningún simio pelado.
Está inquieto. Pero, por fin sabe por qué. Orienta sus orejas, y por primera vez escucha el silencio. No oye nada, sólo el viento, algunas ramas que crujen y unas hojas secas. Así que el silencio suena así, ¿no?.
¿Por qué lo llamarán silencio entonces?, piensa para sí. ¿El silencio viene cuando los simios pelados están muertos?. Le asaltan muchas dudas, pero no quiere pensar en ello. Sólo quiere disfrutar del silencio, no escuchar al simio pelado ni las bestias metálicas. Se está empezando a acostumbrar a la ausencia de ruido.
Han pasado más días.
De nuevo asomado a su madriguera al calor del sol matinal piensa cómo ha soportado durante tanto tiempo ese ruido infernal. Con lo bien que se está en silencio. Ya no mueren tantos compañeros bajo las pezuñas de las bestias metálicas.
Sonríe por primera vez en su vida. Sí, el silencio es tan esperanzador…
Título: El silencio es tan esperanzador…




