Posteado por: Can | Lunes, 20 Noviembre, 2006

Cuento de Musaraña. I

CAPITULO 1: GRACIAS, PATITAS

Correteaba por debajo de las hojas secas, moviéndose entre caminos conocidos, en busca de comida. A punto de salir el sol y sin comer. El frío se hacía más intenso, las hojas caían de los árboles, y la comida escaseaba. Siguió moviéndose, siempre rápido, alerta. Sentía bajo sus patas las vibraciones y el peligro.

Asomó la cabeza por encima de una hoja. Olfateó y miró. Volvió a corretear. Llegó a un claro sin hojas que le cubriesen. Muchos pasos debería dar hasta los setos más próximos. Al menos había niebla, restos que flotaban en nubecillas sobre el suelo. Sus patas no sintieron nada. Olfateó. Miró un lado. Miró hacia el otro. Vigiló el cielo, las ramas. Buscó asesinos de la noche, los que vuelan en silencio. Salió corriendo, rápido.

Y llegó al cobijo de la espesura, los matorrales, más hojas secas. Se detuvo. Sus patas sintieron a alguien.

“Un rival”. El primer impulso fue el de pelear y expulsarlo.

“Un compañero”. En el frío sentir el calor de un igual.

Consintió su presencia. Se acercó…

- ¿Quién eres? – Le preguntó, guardando las distancias.
- Yo…lucharé hasta la muerte. – Le respondió, vacilante.

Invierno, frío.

- Rápido. – Miró hacia todos lados. – Sígueme.
- Necesito comer. – Se quejó el desconocido; parecía cansado.
- Y comerás. – Era muy joven, se dio cuenta enseguida.

Avanzó de nuevo entre caminos escondidos, un laberinto que conocía muy bien. Los lobos aullaron, muy lejanos, pero afortunadamente allí todo estaba en calma. La niebla empezaba a disiparse, y el sol se asomaba filtrándose tímidamente entre las ramas altas. Sus patas no sentían a extraños. Siguieron corriendo hasta llegar a lugar seguro, un refugio bajo unas rocas.

- Es la primera vez que te veo en mis tierras.
- Sí, dejé mi familia hace dos lunas. Busco mis dominios.
- Pues estás de suerte. – Estaban escondidos en la sombra, pegados cuerpo con cuerpo.
- ¿Sí? – Le preguntó el joven.
- Sí. Viene el Invierno. Muchos caerán. Tendrás tierras de sobra.
- Pero…, no éstas. – Le miró sumiso. – ¿Verdad?
- No. Te irás cuando acabe el frío.

Estaba amaneciendo, había que cazar ya, o deberían moverse bajo el sol, y posiblemente perecer.

- Venga, sígueme.

Le guió por un terreno abrupto. Esquivaron raíces, grietas, madrigueras de otros cazadores. Ya no estaba en sus tierras. Sus patas sentían otros a lo lejos, y los fue evitando. La noche ya no les podía ocultar, y la niebla se disipaba. Se detuvo un instante. Olfateó, miró, sintió.

- ¿Ves algo? – Le preguntó el joven.
- Ssshhhh. – Le susurró – No hagas ruido.
- ¿Dónde me has traído?
- O comemos, o morimos. – Le sintió llegar, rápido, decidido, confiado. Eran sus tierras.

Le vio aparecer sobre una raíz, erguido. Furioso se fue acercando, mirando a los dos extraños.

- Inquieto, ¿cómo osas? – Le preguntó con un ruido sordo.
- Es el hambre, hermano.
- El hambre… – Furioso miró hacia arriba, vigilando las ramas altas. – Viene el frío. Os dejaré pasar, y cuando el frío me ataque me daréis cobijo al calor de vuestros cuerpos.
- Hecho. – Respondió Inquieto.
- Hecho, pues – Le respondió furioso.
- Hecho – añadió el joven.
- No muy lejos, hacia el Norte, bajo unas raíces guardo dos presas que cacé esta noche. – Miró hacia ambos lados. – Os aviso, comed solo una.
- De acuerdo, así lo haremos. – Comenzaron a corretear de nuevo. – Nos vemos con el frío, hermano. – Le dijo mientras se iban.
- Con el frío, sí. Y recordad, sólo una.

Siempre hacia el Norte, vadearon charcos de rocío, atravesaron claros, y grietas. Ya no iban con tanto cuidado, debían comer en pocas horas. Olfateó las presas, estaban cerca. Las vio bajo las raíces. Miró hacia ambos lados. Estaban solos.

Desconocido estaba a punto de adelantarse cuando Inquieto lo lanzó rodando por el suelo.

- Yo primero. – Le advirtió. – Tú esperarás hasta que haya acabado.

El joven se apartó, y no le respondió. Así que cogió una de las presas y empezó a devorarla con avidez. En un momento, el joven empezó a comer de la cola de su comida, pero estaba demasiado centrado en el momento en saciar el hambre, así que se lo permitió. Cada bocado que daba era una oportunidad más de regresar a su hogar.

Sus patas sintieron una presencia.

Dejó de masticar. El mundo se hizo pequeño…, Miró hacia un lado, miró hacia el otro. El corazón se le disparó. Sus patas volvieron a avisarle…

El tiempo se detuvo.

- ¡¡Graaangaaatoooo!! – Gritó mirando hacia el cielo, sintiendo como el sol se oscurecía bajo el gigantesco cuerpo.

Tembló al sentir que Grangato tocaba tierra y enganchaba a desconocido entre sus patas. Le miró y vio cómo esos ojos sin nombre se abrían ante la fuerza de las garras que aplastaban su cuerpecillo, y cómo de su boca escapaba una bocanada de aire…, una bocanada de aire que le hizo reaccionar…

…El tiempo recuperó su ritmo. Corrió hacia un lado, y esquivó la garra. Salió hacia el otro lado, rápido, internándose en el laberinto de grietas y hojas.

Un coro de aullidos llenó sus oídos, pero no le prestó atención. Siguió corriendo, y corriendo, mirando a todas partes. Sabía que la muerte frecuentaba cada rincón del bosque bajo la luz del sol. Su corazón se agitaba veloz, impidiéndole escuchar algo más que sus latidos. Rió frenético cuando dejó atrás la madriguera de Furioso. Había sobrevivido al ataque de Grangato…, Ja,ja,ja,ja. “Gracias, patitas. Gracias”.


Dejar una respuesta

Su respuesta:

Categorías