No-Hombre. Capítulo II.

Esta mañana hemos llegado a Roncesvalles, aunque no hemos entrado en el pueblo. De hecho caminamos por la carretera con un gran número de peregrinos que nos adelantan con el ímpetu del ignorante que ignora qué le espera. Yo ignoro qué me espera, pero sin duda no me categorizo entre los ignorantes, pues es característica imprescindible ignorar que se ignora, lo cual no es mi caso. Yo sí que soy consciente de mi ignorancia.

Es un día lluvioso y de poco viento, similar al anterior. Mi compañero no es muy hablador, lo cual resulta a la vez inquietante y apacible. Mira a su alrededor constantemente, y sus ojos se entrecierran con facilidad. El primer pensamiento que acude a mi cabeza es que no está cómodo entre la gente, quizá esté acostumbrado a la soledad interior y exterior. Pero le noto animado, la espalda erguida y los hombros alzados, y sus ojos brillan curiosos cuando momentáneamente nos quedamos solos.
Un grupo de peregrinos nos adelanta. Son ancianos, equipados para la ocasión y con bastones metálicos y telescópicos. Charlan y ríen, al contrario que nosotros. Me pregunto qué buscarán en este viaje, no parecen perdidos, aunque sí aburridos. “Los hombres somos… son extraños”, me digo. Unos tan distintos a los otros, unos perdidos y otros encontrados… O quizá unos perdidos, y otros perdidos sin saber que lo están. De pronto sonrío y apoyo mi vara con fuerza en el suelo. Si todos los días van a resultar tan fructíferos, entonces, despejaré mis dudas antes del final.
Llevo en la mochila una barra de pan y una bolsa de tomates que hemos comprado en un horno en un pequeño pueblo llamado Burguete. Lobo-hombre ha elegido la comida y ha pagado con mi dinero. He decidido no oponerme, ya que él ha accedido a acompañarme, y yo no quiero que se vaya.
Nos detenemos junto a un merendero y ocupamos unas piedras que quedan libres. Allí preparamos dos bocatas y comemos reposadamente, dejando que la paz de aquel lugar y de aquel momento nos envuelva.
Pero como todo en esta vida, el tiempo es fugaz, y toca ponerse de nuevo en marcha. Adelantamos al grupo de ancianos, que parecen desinflarse con el transcurrir de los kilómetros. Y antes del atardecer diviso el primer albergue. Sale luz de las ventanas y hay mucha gente bambando, entrando y saliendo. Y cosa curiosa, todos llevan un papel en la mano, el cual deduzco que deberíamos llevar nosotros también. Así que me acerco a Lobo-hombre.
- ¿Qué es ese papel que lleva toda esta gente? – Le pregunto.
- Una credencial de peregrino – Me responde.
- Ya, sí, ¿y para qué lo llevan?
- Para acceder a los albergues, y para un propio gozo.
Me detengo y Lobo-hombre me mira. Ha dejado de llover. Miro hacia atrás, pero las luces de Roncesvalles parecen lejanas, demasiado para dar la vuelta y buscar nuestro propio papel.
- ¿Eso quiere decir que no podremos pasar la noche ahí dentro? – Noto que mi voz suena desalentada, lo cual no era mi intención.
Lobo-hombre se acerca a mí.
- No dormiremos junto a ellos – Me dice señalando a los peregrinos que pululan a nuestro alrededor – Nos mantendremos alejados y dormiremos como sabemos hacer… Como se debe hacer.
En un primer momento no entiendo qué quiere decirme, pero enseguida capto la intención que subyace bajo sus palabras.
- ¿Al raso? No creo que debamos hacerlo… – Le digo, intentando que lo entienda, pero tratando también de no ofenderle – Nuestro viaje será largo y cuanto más descansados estemos, mejor.
Lobo-hombre asiente con la cabeza y yo suspiro mientras echo un vistazo al acogedor albergue.
- Estaremos descansados, por eso no te preocupes. En el silencio de la noche en el bosque, mente y cuerpo reposan por igual. Andando, aún nos queda camino por recorrer.
“No”, me digo. Yo quiero dormir en una cama calentita y cómoda. Debo intentar convencerle… Es lo mejor.
- Pero… – Comienzo a decir.
- ¡Silencio! – Gruñe mi compañero. Retrocedo un poco, intimidado al ver su rostro arrugado que enseña ligeramente los dientes – No dormiremos entre hombres. Somos diferentes, y diferentes hemos de seguir siendo.
Afirmo con la cabeza y le sigo cuando se desvía del camino y se interna por la primera hilera de árboles. Me fiaré de él. Parece ser más sabio que yo, así que algo de razón tendrá. Además sus palabras destilan certeza, y por tanto no las puedo desechar. Somos distintos a ellos. Pero llevo mucho tiempo durmiendo rodeado de hombres, y siempre he estado solo, al menos de mente. ¿Será necesario hacerlo también de cuerpo?. No se lo voy a preguntar, pues parece que Lobo-hombre no tiene entre sus cualidades el don de la paciencia. A nuestro alrededor todo es verde, las hojas de los árboles, la hierba que pisamos, las plantas que crecen de forma desordenada. Distingo una fragancia a humedad y a algo que no llego a identificar. Aspiro por la nariz, intentando descifrar ese olor.
- Huele a vivo – Me dice Lobo-hombre – Hay vida en todas partes. Me gusta que huela así, me trae… recuerdos.
“A vivo”. Curiosa y ambigua afirmación. Más bien habría dicho que huele a hierba, a lluvia, a tierra, a árboles. Lobo hombre se acerca a una pared de roca y apoya la mano en la superficie.
- Por aquí – Me dice mientras comienza a andar siguiendo la pared.
Le sigo en silencio, esquivando piedras y charcos. Miro hacia el cielo y suspiro al ver que aún quedan unas horas de luz. Tras un rato nos detenemos. Lobo-hombre mira hacia arriba y señala con un dedo.
- Ahí hay una cueva.
Una cueva, eso está bien. Miro hacia arriba y veo la abertura en la pared. Solo hay que escalar unos metros, lo cual no parece demasiado difícil. Así que apoyo la mano, apoyo el pie y comienzo a subir. Hay buenos agarraderos, pero la roca está mojada y resbaladiza. Mis antebrazos protestan porque no están acostumbrados a los esfuerzos, aunque me llevan hasta la cueva sin demasiados problemas. Es pequeña, una simple abertura donde pueden pasar la noche dos No-hombres sin comodidades. Al menos el suelo parece estar seco.
- Vamos, sube – Le digo a mi compañero, pero antes de dejar de hablar veo cómo entra en la cueva.
- Aquí podremos dormir secos como tú querías – Me dice – Y solos.
No acaba la frase, pero sé que iba a decir: “como yo quería”. Me recuesto de espaldas y respiro. Lobo-hombre se arrebuja en su chaqueta y apoya la espalda en la pared. Pasamos un rato en silencio, y la tarde va dejando paso a la noche. Es buen momento para recordar sensaciones como me había dicho Lobo-hombre. Dejo vagar la mente hasta las primeras imágenes que recuerdo como No-hombre. Son borrosas e incomprensibles, ruidosas. No puedo reconocer el lugar donde nací de nuevo. Es todo demasiado confuso. Quiero dejar de recordar porque no comprendo, pero es ahí donde tengo que centrarme. Intento no mirar, no escuchar, no oír, sino sentir. Solo sentir. Y las sensaciones acuden a mí. Algo similar al miedo, algo similar a la confusión, algo similar a la ¿rabia?… No, eso no funciona. No acabo de entender las sensaciones. Me incorporo y miro a Lobo-hombre, quien mantiene los ojos fuera de la cueva, en dirección al bosque y a la noche. No le molestaré con mis preguntas, parece ocupado con las suyas.
- ¿Qué miras? – Me pregunta Lobo-hombre sin dejar de mirar hacia el exterior. No lo dice malhumorado.
- Sólo pienso – Le respondo con una ligera sonrisa – Estoy contento de no recorrer el camino solo.
Lobo-hombre también sonríe, aunque sus ojos almendrados brillan con emoción. No me hago ilusiones, presiento que mis palabras no le han causado impresión alguna. Hay algo en lo que ve en el cielo, en el bosque, o dentro de su cabeza, que le emociona. Yo miro también hacia fuera. Un cielo cubierto de nubes, un bosque profundo y verde. Pero no me dicen nada. O si lo hacen, no lo entiendo. Miro de nuevo a mi compañero.
- ¿Tienes familia? – Le pregunto.
Lobo-hombre suspira y posa sus ojos en los míos.
- La tuve – Me dice.
Asiento con la cabeza ante su respuesta.
- ¿Humana?
- No – Sentencia mi compañero.
Es extraño, me digo, que haya nacido sabiendo.
- Si no has tenido familia humana, ¿cómo aprendiste a ser un hombre? – Le pregunto.
Los ojos de Lobo-hombre centellean y se apartan de mí. Aprieta sus dientes y escucho cómo rechinan.
- ¡Blasfemo!… – protesta con un gruñido – Yo no soy un hombre.
Afirmo de nuevo con la cabeza y respiro profundamente. ¿Es una blasfemia llamarle hombre a un No-hombre? Quizá yo pensaré así dentro de un tiempo, cuando adquiera la sabiduría que parece poseer mi compañero.
- Lo siento, no pretendía… – Me disculpo con un susurro – Pero no me has respondido. ¿Cómo aprendiste las cosas de hombres?
Parece que esa forma de preguntarle le ha gustado más. Al menos no ha reaccionado al escucharme.
- He tenido compañía de hombres – Me dice – Aprendí lo que me enseñaron hasta que enloquecí.
- Te entiendo – Le digo – Lo mismo me sucedió a mí.
Y me pregunto si yo estoy o he estado loco. Perdido sí, ¿pero loco? Nos quedamos de nuevo en silencio y cierro los ojos intentando conciliar el sueño. Lobo-hombre se hace un ovillo, apoya la cara sobre el dorso de su mano y me mira un instante, antes de que su vista se dirija de nuevo al exterior.
Tenía razón Lobo-hombre. El silencio me envuelve y me siento en calma. La soledad del bosque parece abrazarme, a pesar de estar cobijado en una cueva. El viento remueve las ramas de los árboles y crea un sonido relajante que me hace sonreír. Fuera hace frío, pero la cueva está seca y mantiene una temperatura ambiente. De pronto escucho un sonido peculiar en la lejanía. Un lobo aúlla en algún lugar de aquel bosque. Miro a mi compañero, que ladea la cabeza ligeramente y abre los ojos.
- ¿No le respondes? – Pregunto a Lobo-hombre.
Pero es a mí a quien nadie responde. Lobo-hombre vuelve a cerrar los ojos. Supongo que esa llamada no va dirigida a él. Escucho un nuevo aullido y me dejo embargar por él. Es profundo y hermoso, diferente a la música que mi parte hombre entiende por bella. Allí, en medio de aquel bosque, suena harmónico. ¿Es esta la melodía del mundo animal? Los aullidos se apagan y la respiración de mi compañero se vuelve más pesada, anunciando el sueño que le sobreviene.
Los minutos pasan y mis ojos se cierran y duermo. Y me despierta el piar de un pajarillo. Aún es de noche. Busco al ave que me ha despertado, y lo encuentro posado en una rama cerca de la cueva, mirando hacia el suelo.
Me tumbo sobre el vientre y me acerco a la entrada para poder contemplarlo más de cerca. He visto muchos pajarillos en los parques, en el camino que llevo recorriendo más de una semana, pero ninguno desde una cueva en el bosque. Es curioso, parece como si aquel fuese su lugar, no los bordillos ni los tejados de las ciudades. Miro al pajarillo con más atención, y su cabeza se ladea hacia mí.
- ¿Es este tu lugar, posado entre hojas y ramas, en vez del cemento de aceras y casas? – Le susurro, cuidando de bajar la voz para no despertar a Lobo-hombre.
El pajarillo canta de nuevo antes de emprender el vuelo y marcharse, y yo suspiro al verlo alejarse. Aletea con velocidad y se pierde entre las copas de árboles cercanos.
Ya que estoy en esa posición aprovecho para pasear la vista por el bosque en la noche. Está oscuro y húmedo. Y tranquilo. Sí, es hermoso y está en paz, pero no hallo las evidencias que empujan a mi compañero a afirmar que está vivo. Solo veo árboles, plantas, tierra, rocas y algún pajarillo. Los árboles están vivos, al igual que las plantas y el ave, pero sé que mi compañero no se refería a eso. Aspiro los olores, tierra, hierba, humedad… Pero ni rastro de esa vida. Por fin desisto.
A mi mente acude una imagen de Isabel, el día en que nos presentaron en el hospital. Esa mañana su rostro me pareció tan extraño como hace una semana, cuando la abandoné. La cuestión es que es una buena mujer, cariñosa y entregada, pero no entiende las cosas. Mis hijos me resultaron igual de extraños. Y al contrario que Isabel, ellos nunca han intentado acercarse a mí… Ni yo a ellos. Y ahora que estoy en el bosque, siento que me he quitado una losa que cargaba sobre mis hombros. He pasado casi cuatro años junto a ellos, y desde el primer instante deseaba encontrarme donde estoy en este momento. Solo, buscándome.
En fin, lo mejor que puedo hacer ahora es intentar dormir y reponer fuerzas para mañana. Así que me retiro hasta un rincón y me hago un ovillo, como Lobo-hombre ha hecho. Cierro los ojos y dejo que el cansancio me venza.
“Pío, pío”. Abro los ojos al escuchar el canto del pájaro. Sigue siendo de noche. Hace más frío que antes, y siento que estoy entumecido. Alzo la cabeza y miro la rama cercana donde el pajarillo me observa. Me arrastro de nuevo hasta la entrada y estiro la mano, y aunque queda muy lejos de la rama, lo hago para ver si el pajarillo entiende el gesto y se acerca. Pero no lo hace. Sigue mirándome con la cabeza ladeada.
- ¿Quieres algo de mí? – Le pregunto.
- Pío, pío – Me responde.
Sonrío. ¿Me entenderá?. Lo dudo.
- ¿Quieres algo de mí? – Le vuelvo a preguntar.
- Pío, pío, pío – Me responde de nuevo.
Es curioso, pero aunque el ave solo pía, siento que quiere decir algo. Será que tiene algo interesante que contar. Me asomo un poco más a la entrada.
- Habla, tranquilo, no te haré nada – Le susurro.
El ave me mira con un brillo inteligente en los ojos. ¿Cuándo ha cambiado sus ojos?. Le miro detenidamente para descubrir que sus ojos se asemejan a los de un No-hombre. Me vuelvo hacia mi compañero, pero no está. Meneo la cabeza, ligeramente aturdido. ¿Estaba ahí cuando me he despertado?. Y al volverme al pájaro lo veo más cerca de mí, en la punta de la rama.
- ¿Pío, pío?
¿Me ha preguntado? Le miro de nuevo, extrañado. Juraría que en su piar había notas de un lenguaje que entiendo.
- Háblame si puedes hacerlo.
- ¿No quieres volar, pío? – me pregunta de pronto el pajarillo.
Aguanto la respiración. ¿Me ha hablado el pajarillo? ¿Hay un mundo tan desconocido para mí que ni había oído hablar de él, donde los pájaros hablan a los No-hombres?
- No, no – Le respondo – Sólo quiero entender. Yo antes era un …
- Un cerdo – Se adelanta el pajarillo – Lo sé, pío, se ve en tus ojos.
- ¿Ah, sí? – Le pregunto, asombrado de que un pajarillo converse conmigo en una cueva en medio de un bosque – ¿Eres un No-Hombre como nosotros?
El pajarillo niega con la cabeza.
- No, soy un pájaro, Pío. Dime, ¿qué es lo que no entiendes?
Buena pregunta. Me concentro, aunque mi cabeza está aturdida.
- Pues realmente no lo sé… Si no soy un hombre, ¿por qué parezco uno? Si era un cerdo, ¿por qué no parezco uno? ¿Cómo puede un pajarillo estar hablando conmigo? Quisiera recordar y entender lo que me sucede, o al menos tener la certeza de que no hay nada que entender… Suena complicado, pero…
- Pero es como te sientes, pío, ¿verdad?
Afirmo con la cabeza.
- Pues te deseo suerte, pío, porque parece que la necesitarás – El pajarillo extiende las alas – Una cosa antes de marcharme, pío… A mí sí que me pareces un cerdo.
Sonrío.
- Te lo agradezco, pajarillo – Le digo – ¿Volverás a hablar conmigo? Me haces sentir bien.
El pajarillo me mira con unos ojos brillantes y afables.
- Si me invitas vendré, pío – responde
- ¿Si te invito? – Le pregunto, pensando rápido para ver si hay algún mensaje escondido tras sus palabras.
- Sí, sólo tienes que volver a soñar conmigo, pío.
Entonces abro los ojos. Sigue siendo de noche. Veo un bulto que debe ser Lobo-hombre, durmiendo a pocos palmos de mí. Su respiración es profunda y lenta. Miro hacia fuera, hacia la rama más cercana. Está vacía. Es curioso, estoy contento. Así que le parezco un cerdo. No creo que me mienta, pues sino, ¿cómo iba a reconocerme Lobo-hombre entre la multitud de gente que atraviesa sus tierras cada día? Debería soñar más a menudo con el pájaro. Sí, intentaré que vuelva más veces. Cierro los ojos de nuevo e intento dormir. No me cuesta demasiado, a pesar del frío. Me doy cuenta que no me hace falta el calor de una hoguera cuando estoy contento.

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