No-Hombre. Capítulo III.

- Puedes llamarme Lobo – Me interrumpe Lobo-hombre.
- De acuerdo – Le respondo – Entonces llámame Cerdo.
Lobo asiente y vuelve a mirar hacia delante. Sonrío ante esta nueva genialidad. ¿Cómo olvidar que era un Cerdo si mi nombre lo dice claramente? Claro, si me hiciese llamar Antonio, ¿cómo no iba a creer que soy un hombre, si el nombre con que se refieren a mí me lo recuerda cada vez que alguien lo pronuncia? Cerdo me llamo. Sí, esa es sin duda una genialidad.
- Lobo – Llamo a mi compañero – ¿Cuánto dinero nos queda?
No es que tema quedarnos sin dinero, sólo que me gusta saber hasta cuándo podremos seguir comiendo en buenas condiciones.

– Lo que me diste la otra noche menos lo que hemos gastado hasta ahora – Me responde, sus ojos oteando el cielo.
Guardo silencio incapaz de rebatir una certeza como esa. Al mirar hacia arriba distingo un ave grande y afilada que vuela con las alas extendidas y a bastante altura.
- Es una rapaz, ¿verdad? – Pregunto a mi compañero.
Este asiente sin dejar de seguir la trayectoria del ave con sus ojos.
- ¿La conoces? – Le pregunto de pronto.
Lobo-hombre afirma con la cabeza, baja la vista y comienza a caminar de nuevo.
- No te habrá visto desde tanta altura – Le digo.
- Sí – Me responde – Ella lo ve todo
¿Todo? Una afirmación demasiado atrevida. Clavo el bastón en el suelo y aprieto el paso para seguir el ritmo de mi compañero. El cielo ha amanecido azul, sin rastros de nubes en el horizonte, y el sol se asoma por encima de picos lejanos, contento de saludarnos.
- ¿Esta noche dormiremos de nuevo bajo el cielo? – Le pregunto, pues el sol calienta lo suficiente para animarme a repetir la experiencia de la noche pasada.
Mi compañero me responde con un leve gesto de afirmación. No está demasiado hablador. No imagino el motivo, aunque me gustaría averiguarlo.
- Lobo… – Susurro – Te noto serio y triste. ¿Es que te sucede algo que no quieres contarme?
- No – Responde. De pronto se detiene y se rasca tras la oreja en un movimiento que adivino instintivo – A partir de aquí ya no encontraré mis marcas… Estas son tierras de… otros lobos.
Otros lobos. Muerdo mi labio y le miro. Lobo alza los hombros y reanuda la marcha. La verdad es que me tranquiliza verlo a él tan tranquilo. Le sigo con pasos rápidos. Se supone que debería estar más cansado cada día que pasa, pero es justo al revés. Cada día me siento más fuerte, más radiante. Y ese día de sol es un fiel reflejo de mi ánimo. ¿Será el efecto del camino, o será efecto de haber conocido otro No-hombre?
Estamos cruzando por senderos que se internan por los bosques y son pocos los peregrinos con que tropezamos. Suelen deambular y nos preguntan cuál es la dirección correcta. Pero yo no sé responderles y mi compañero no quiere hacerlo. Nuestros pasos nos llevan hasta un hermoso valle cubierto de hierba verde y fresca. El aire es limpio, muy diferente a lo que respiro en los dominios asfaltados de los hombres. Tampoco se oye otro sonido que el eco de nuestras pisadas y el susurro del viento al acariciar nuestra piel.
Un anciano sentado sobre un tocón nos saluda alzando su garrote. Yo le devuelvo el saludo, pero Lobo ni tan siquiera le mira. Los ojos del anciano siguen a mi compañero conforme nos acercamos.
- ¿Peregrinos? – Nos pregunta.
- Sí – Respondo.
El anciano sonríe y deja a la vista unas encías ennegrecidas donde faltan más dientes de los que quedan.
- Un poco perdidos diría yo… Este no es camino fácil para hombres – Ríe el anciano.
Le devuelvo la sonrisa.
- Es que nosotros no somos hombres – Le respondo – Por tanto, ¿para qué íbamos a recorrer sus sendas?
El anciano mira a mi compañero detenidamente mientras este pasa por su lado.
- Tú eres Mario, el loco de Ibarla – Dice el anciano – ¿Acaso no?
Lobo ni le mira.
- Querrá decir el lobo de Ibarla – Corrijo al anciano. Debe ser cosa de la edad.
Pero el anciano niega con la cabeza.
- Eso dice él, pero sólo un loco se cree un animal.
Sonrío ante las tonterías que pueden salir de una mente ignorante.
- Perdone que vuelva a corregirle. Pero ¿cómo va a estar loco si ahora sabe que es un animal?
Los ojos del anciano me cuentan que no entiende nada de lo que le hablo. Cuánto me recuerda a Isabel y a los niños. Meneo la cabeza y me apresuro a llegar al lado de mi compañero.
- ¿Tu nombre de hombre era Mario? – Le pregunto.
Lobo afirma con la cabeza.
- El mío era Antonio – Le cuento con la intención de que sienta que ambos estamos en las mismas condiciones.
Me doy la vuelta y observo al anciano que se va haciendo más y más pequeño a cada paso que damos. Pero el camino que tengo delante me parece más interesante. Veo flores que se asoman a saludarnos, aves que nos sobrevuelan, árboles que mecen las ramas cuando pasamos junto a ellos. Y en medio de ese valle, una construcción de piedra. Una obra de hombres en el punto más alto, en el lugar quemás sol recibe. Lobo-hombre me guía hacia allí.
- En este lugar ya ni huele a hombre – Me dice antes de sentarse en un escalón y apoyar la espalda contra la pared.
Fuera lo que fuera esta construcción, ya nadie la habita. La hiedra crece por la piedra en un intento por invadirla. ¿Para qué crean los hombres estas cosas si luego las dejan morir? Me siento junto a Lobo y aguardo a que éste prepare dos nuevos bocadillos. Otra vez pan y tomate.
- ¿Es cierto que nos hemos desviado? – Pregunto mientras oteo el sendero que hemos recorrido. Luego me vuelvo para ver hacia dónde vamos.
Mi compañero asiente y muerde el pan.
- ¿Cuándo regresaremos junto al resto de peregrinos? – Le pregunto, pues no me parecer ver bifurcación ni desvío alguno.
- No regresaremos – Me dice. Su rostro sereno no parece darse cuenta de las palabras que acaba de pronunciar.
Dejo el bocadillo en el suelo y me pongo en pie.
- Lobo, eso es imposible. Debemos volver y seguir el camino hacia Santiago. El peregrinaje…
- Estupideces de humanos – Gruñe – Buscas respuestas, pero jamás las hallarás entre ellos. Recorreremos la tierra como se debe hacer.
No puede ser… No le creo. Esta es mi única y última oportunidad para encontrarme.
- Pero, el camino, las marcas… – Balbuceo.
Lobo-hombre niega con la cabeza y yo me dejo caer a su lado. He llegado al final de este camino mucho antes de llegar a mi destino. Mala señal.
- ¿Dónde iremos ahora? – Pregunto a Lobo-hombre.
- No lo sé… Donde nos llevan nuestras patas.
Mi compañero se queda en silencio y sus ojos siguen el vuelo de la rapaz que acaba de reaparecer sobre nosotros. Donde nos lleven nuestras patas, me digo. Sí, eso suena bien.
Nos ponemos en pie enseguida y tomamos de nuevo el sendero. Me doy valor recordándome que nada me espera en Santiago, o al menos nada que no pueda hallar en cualquier otro lugar. Lobo-hombre se detiene y alza la barbilla. Parece que olfatea el aire. Sin previo aviso se interna por la hierba, camino de una zona boscosa que comienza tras unas casas en ruinas. El viento se detiene una vez penetramos en aquel lugar. Los rayos del sol se quedan en las copas de los árboles, incapaces de atravesar tanta frondosidad. Y mis ojos reniegan por la falta de luz. ¿Nos metes entre las sombras ahora que sale el sol?, parecen decirme. Mi compañero avanza a zancadas, evitando las raíces que sobresalen del suelo. Yo imito sus movimientos e intento pisar donde él ya lo ha hecho. Se interna más en el bosque, y yo miro hacia atrás temiendo que tenga que pasar otra semana más hasta que vuelva a ver la luz del sol.
Lobo-hombre se detiene al llegar a un pequeño claro en el que arbustos y matorrales han ganado terreno a sus parientes gigantes. Se vuelve hacia mí y sus ojos almendrados me observan con intensidad.
- Es emocionante – Me dice – tener preguntas y hallar respuestas… Mira.
Me acerco a él y observo el lugar hacia donde apunta su dedo. No veo nada más que excrementos recientes, hojas secas y tierra. Busco algún papel, alguna marca, cualquier señal que me cuente los secretos que me están siendo negados.
- No veo nada – Le respondo sin dejar de mirar.
- No veas con los ojos. Escucha.
Me hago consciente del silencio que nos rodea, del viento, de la respiración de mi compañero. Pero no hay susurros que rebelen mi verdad, la que me está siendo negada.
- No oigo nada – Le respondo de nuevo, sin dejar de escuchar.
- No escuches con los oídos. Huele.
Respiro profundamente. El olor a heces llena mis fosas nasales y aparto la cara asqueado. Es un olor penetrante, tanto que me impide distinguir cualquier otro perfume que aguarda para ser olido por mí. Y por tanto también los olores me niegan las respuestas.
- No huelo nada… – Le digo, pero guardo silencio cuando la mano férrea de Lobo-hombre se cierra alrededor de mi nuca – ¿Qué haces?
Lobo-hombre empuja mi cabeza hacia el suelo antes de darme tiempo a reaccionar. Ahogo un grito al sentir cómo hunde mi rostro en las heces. Me rebelo, pero la fuerza de mi compañero es mayor que la mía. No respiro, no quiero que los excrementos entren en mi cuerpo. Me quedo sin aire. Vuelvo a rebelarme. Intento mover mi cabeza de lado a lado, con fuerza. Luego mi cuerpo. Los pulmones me oprimen… Necesito respirar. Estoy a punto de abrir la boca cuando siento cómo la mano libera mi nuca. Alzo el rostro y abro la boca. Respiro profundamente. Inspiro y vuelvo a soltar el aire. Froto mis ojos, aunque no los abro. Respiro profundamente por la nariz para coger aire y decirle a Lobo-hombre todo lo que le tengo que decir y…
El tiempo se detiene. Un destello. Un momento ya vivido acude a mí. Una imagen sin sentido. Unos ruidos incomprensibles. Un olor… Un olor conocido. Suelto el aire despacio, temeroso de despertar. Mi nariz vuelve a aspirar el aire, ávida de olores, totalmente autónoma. Y ella es la que me transporta más allá en mi recuerdo incomprensible. Ese olor intenso flota y está. Sí, qué claro aparece ante mí. Ese olor está… está en todo. Está en todos. Muros, sombras, pasos… ¿flores?… ¿trotes? Suelto el aire y la nariz se apresura a inspirar de nuevo. Pero noto cómo el recuerdo desaparece ante mí sin que pueda retenerlo. Estiro las manos intentándolo agarrar antes que desaparezca. No te vayas, vuelve… vuelve…
- ¡Vuelve! – Grito.
Salgo de mi letargo. Siento mi rostro lleno de excrementos y mis manos rasgadas de luchar contra el brazo férreo de mi compañero. Abro los ojos. Miro a Lobo-hombre, quien me observa con la mandíbula apretada.
- Lo he olido – Le digo con estupor – He olido sin usar la nariz.
- ¿Has sentido tu recuerdo? – Me pregunta.
- Sí – Afirmo. Lobo-hombre me sonríe.
Mis ojos se dirigen hacia el excremento. Me acerco e inspiro de nuevo.
- ¿Reconoces tu recuerdo? – Me pregunta.
- Sí – Es mi primera respuesta. Pero dudo – O no. Era como… un recuerdo recordado y contado. No entiendo… Estoy confuso… – Alzo los ojos de nuevo hacia él – Vuelve a hacerlo – Le pido.
Pero menea la cabeza. La súplica de mis ojos no sirve para evitar que se ponga en pie.
- Cómo voy a volver a hacer algo que no he hecho – Me dice – Por suerte o por desgracia, tú eres el dueño de tus recuerdos.
Lobo-hombre se aleja y me deja solo. Mi nariz ya no inspira, sino que soy yo quien lo hace. Y ningún recuerdo se abre paso por las brumas que ahora cubren mi memoria. Siento ganas de gemir. Tanta intensidad me ha abordado en mi ensoñación que ahora los olores se me antojan inocuos. Respiro y no entra por mis conductos nasales más que aire que hincha mis pulmones.
Me pongo en pie y salgo corriendo tras mi compañero. Dentro de las dudas que me asaltan hoy brilla una nueva certeza. Esto que me acaba de mostrar Lobo-hombre no podré pagárselo jamás.

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.