No-Hombre. Capítulo IV.
He seguido a Lobo-hombre en silencio. Las palabras no me ayudarán a comprender esta ausencia de olores. Una ausencia que ahora me aborda a cada instante, aunque antes mi olfato no lo hubiera notado. Lo he intentado todo. Inspirar con fuerza. Arrimar mi nariz a flores, troncos, heces. Incluso me he acercado a mi compañero de puntillas y he olfateado su cabello, lo cual le ha molestado. Y una vez más acerco las manos a mi rostro y las huelo. Si no las he lavado, debería identificar el aroma de mis recuerdos. Pero sigo sin vislumbrar ese otro mundo que por un instante se ha mostrado ante mí.
Vuelvo a suspirar. Y alzo los ojos para contemplar cómo el sol se va escondiendo poco a poco, dejando a su paso un mundo oscuro.
– Lobo – Llamo a mi compañero – ¿Volveré a ser capaz de sentir mis recuerdos?.
Lobo-hombre menea la cabeza.
- Son recuerdos – Me dice – Van y vienen.
Van y vienen, repito en voz baja. Me arrebujo en mi chaqueta mientras soporto el frío que se va cerniendo sobre nosotros. De nuevo llevo las manos frente a mi rostro y miro a Lobo-hombre.
- Esas heces eran de algún cerdo, ¿verdad? – Le pregunto. Antes que pueda responderme, si es que pensaba hacerlo, me doy cuenta de algo – Por eso lo recuerdo. Por eso he sentido mi recuerdo… Heces de alguien como yo… Como era yo…
- Te equivocas – Me corta mi compañero – Tú nunca has sido como él.
Pestañeo y me detengo. Digiero las palabras y tras un instante, alzo la vista hacia Lobo-hombre, confuso. Meneo la cabeza, y me pongo en marcha de nuevo. Mi compañero camina un paso por delante, así que no puede ver mi rostro.
- ¿Ahora dudas de mí? – Le pregunto – ¿Acaso crees que yo no era un cerdo?
- Sí – Me responde – Lo eras.
- ¿Y las heces no eran acaso de cerdo? – Le pregunto, el gemido que acompaña a mis palabras es fruto de una confusión, no de un enfado.
Lobo-hombre se detiene. Se vuelve hacia mí. Acerca su rostro al mío y sus ojos almendrados parecen atravesarme. Nunca me encuentro cómodo cuando se acerca tanto a mí. Intento retirarme un paso para ganar espacio entre ambos, pero Lobo-hombre agarra mi hombro impidiendo que me mueva. Sus pupilas brillan reflejando los escasos rayos de luz que aún nos alumbran. Son grandes y profundos… tan profundos que no veo en ellos más que una inmensidad que escapa a mi entendimiento. Tomo aire y trago saliva. Los ojos de ese No-hombre parecen decir muchas cosas con una sola mirada… Y el hecho de no entender lo que me cuentan aviva mi deseo por descifrar los secretos que se esconden tras ellos.
- Te veo. Te veo y te entiendo – Susurra Lobo-Hombre – ¿Qué ves tú?
Trago saliva de nuevo antes de responder.
- Nada… – Respondo con un hilillo de voz – Nada que pueda entender.
Lobo-hombre gruñe y frunce el ceño. Las arrugas que se forman en la frente y alrededor de los ojos desvían mi atención.
- Eso – Susurra Lobo-hombre – es lo que hallarás en los ojos de él.
En los ojos de él. Instintivamente escruto, de nuevo, sus pupilas. Si hiciera falta pasaría horas hasta que consiguiera descifrar cualquier secreto que me es negado. Pero él no piensa igual que yo. De pronto se vuelve y comienza a caminar.
- Lobo – Le llamo mientras me pongo a su lado – ¿Qué es lo que ves dentro de mí?
Mi compañero se detiene y me mira. El sol ya está a punto de irse y además queda a su espalda, por lo que las sombras ocultan sus ojos.
- Muchas cosas… – Responde – Pero nada que conozca.
- ¿Qué quieres decir? – Pregunto – Has dicho que me entendías.
- Te entiendo, pero eres tan desconocido para mí – Me dice – como yo lo soy para ti.
¿Entiende lo que hay dentro de mí pero no lo conoce? Sonrío. De pronto sonrío y no sé por qué motivo. Pero es una sonrisa que no puede reprimir. ¿Quiere eso decir que Lobo-hombre también tiene preguntas? Así que, aunque no me conozco como quisiera, sí que me conozco mucho mejor que él a mí.
- ¿No te preocupa el no conocer? – Le pregunto, antes que se vuelva.
De todos modos se vuelve y da un paso antes de detenerse.
- De hecho… – Empieza a decir, pero se queda en silencio. Luego alza la vista y acaricia su barbilla con un dedo – no había vuelto a preocuparme hasta que entraste en mis tierras.
- ¿Entonces sí que quieres conocer?– Le pregunto mientras corro hasta ponerme a su lado.
Un gruñido anticipa su respuesta.
- Es mi otra mitad – Me dice. Está tenso, lo noto en sus hombros – Yo no quiero conocer, solo caminar.
A sus palabras le sigue un silencio que, como siempre, solo me incomoda a mí. Ya ha oscurecido totalmente, lo que me obliga a prestar atención a mis pasos y los de mi compañero. Miro hacia arriba y sobre nuestras cabezas, más allá de las copas de los árboles, hay un cielo estrellado que quiebran unas pocas nubes pasajeras. La luna va menguando noche tras noche, y parece que a mi compañero no le importa demasiado. ¿Pueden los lobos aullarle a una luna moribunda?.
Lobo-hombre se detiene bajo un enorme árbol y se sienta sobre las raíces. Aparta unas hojas del suelo con las manos, en movimientos circulares y rápidos. Siento una curiosidad repentina, así que me acerco para ver qué hace. Pero cuando atisbo el brillo de sus ojos me detengo. Sé, sin llegar a saber, que es mejor no acercarme más. Serán cosas de lobos, me digo a mí mismo.
Me arrebujo en mi chaqueta y me retiro unos pasos. El suelo no me parece nada acogedor, pero al menos me dará descanso. Aprovecho para aspirar el aire húmedo que llega a mí. Ahogo un bostezo mientras escucho los sonidos del bosque. Sonidos peculiares, repentinos, pero a su vez esperados, como el canto de algunas aves, y sobre todo, el sonido de algún grillo cercano. ¿Podría ser capaz de escuchar sin usar los oídos? ¿Llegaría a atisbar algún recuerdo perdido? Es que los sonidos que llegan a mí no son cercanos. No me susurran secretos, como de hecho sí que parecen hacerlo a mi compañero.
Cierro los ojos. Mi mente vaga por recuerdos cercanos, pero poco a poco las imágenes se vuelven extrañas, y el sueño me sobreviene.
- Pío, pío – Me llama alguien.
Abro los ojos. El pajarillo se ha posado sobre mis rodillas y me mira con la cabeza ladeada. Sonrío al verlo y froto mis ojos con fuerza.
- Hola, tenía ganas de volver a verte – Le digo con entusiasmo.
- Pío – Me responde – Pues aquí estoy.
Me río al darme cuenta cómo el pico se mueve para articular las palabras. Pajarillo extiende sus alas y las vuelve a plegar.
- Pío, ¿cómo va tu búsqueda? – Me pregunta – ¿Hallas respuestas?
- No – Suspiro – Solo más preguntas.
- ¿Es que esperabas otra cosa? – Me mira – ¿Pío?
Meneo la cabeza lentamente y alzo la vista hacia el cielo oscuro y nublado.
- Hace unas horas pude recordar – Le digo – Y ya no puedo hacerlo más… ¿Debe ese hecho satisfacer mi curiosidad? Es una frustración darme cuenta que cuanto más sé, menos sé. ¿Tiene sentido este viaje?
Pajarillo salta y se posa sobre mi hombro. Acerca el pico a mi oído.
- Pío. ¿Tiene esa pregunta alguna respuesta?. ¿No deberás esperar al último paso, pío, para poder responder?
Pajarillo me roza la oreja y me provoca cosquillas. Encojo el hombro. Y pienso.
- Supongo que sí. ¿Es precipitado que ansíe las respuestas con tanto ahínco?
- Pío, ¿Es precipitado que las respuestas puedan aparecer ante ti? Pío. ¿Estás preparado para recibirlas? ¿Están ellas preparadas para mostrarse ante ti?
Esperar… Siempre esperar, me digo.
- Pero pajarillo, ¿serán diferentes las respuestas ahora, que cuando se muestren ante mí?
- Cerdo, pío – Me responde el pajarillo – ¿Serás diferente ahora, que cuando las respuestas se muestren ante ti?
- No… – Iba a responder. Pero aguardo un instante – Supongo que tienes razón. Será que la paciencia no están entre las cualidad de este No-hombre.
El pajarillo salta y regresa a una de mis rodillas. Clava sus patas para afianzarse y vuelve a mirarme.
- Pío. Yo no tengo razón, tampoco dejo de tenerla. Pío. Si las respuestas han de ser mostradas ante ti, ¿qué te preocupa? Pío ¿Acaso no sabes ya que eres un cerdo? ¿No lo sientes?… ¿Qué más pruebas necesitas?, Pío.
En ese momento se me escapa una carcajada. Vaya No-hombre que estoy hecho. Todos los que caminan a mi alrededor parecen poseer una sabiduría de la que carezco.
- Pajarillo, ¿cómo te he invitado esta noche a venir a mí?
- Pío. ¿Quieres tener que invitarme la siguiente vez?
Me río de nuevo.
- No, no es eso… Quiero poder llamarte y escuchar tus sabios consejos cada noche.
Pajarillo adelanta la cabeza y su pico se abre.
- Pío, no escuchas sabiduría – Me dice – Ni consejos. He de irme, pío.
Extiende las alas y revolotea. Le veo alejarse y suspiro. Ese suspiro me hace despertar. Estoy tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en una raíz. Muevo el cuello, pero me duele demasiado. Mis ojos quieren cerrarse y dormir de nuevo.






